El Mar

Al principio le había sorprendido la reluciente inmensidad de mar, la imposiblidad de abarcarlo aun extendiendo los brazos hasta el infinito, las manos abiertas y suspendidas en un aire poblado de misteriosos y desconocidos aromas mientras sus padres trajinaban tras él con los bártulos comprados para la ocasión: sombrillas, sillas y toallas de playa. Durante las semanas siguientes experimentó el sabor del mar en los labios, el lento deslizar del sol sobre la arena de la playa, el golpeteo ruidoso del agua al introducirse en ella. Primero un pie que se sumerge tímidamente, luego otro. La frialdad amorosa de lo infinito abrazándole y una alegría nueva y desbordante que no dejaba de acompañarle incluso en los breves momentos en que no estaba en la playa, que estaba en el pequeño apartamento alquilado, en calles estrechas y relucientes que parecían esconder secretos antiguos en cada recoveco. Ahora, cuando han pasado los años y álguien desconocido le pregunta de dónde es, cierra los ojos y piensa en un playa lejana, en un mar de la infacia al que no puede volver.

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